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Del por qué aborrezco mi primer nombre

Muchos de ustedes lo saben, y muchos otros no están para saberlo (ay sí, ni que me leyeran tantos), pero yo no me llamo solamente Daniel. Mi primer nombre es...







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Mario.






(Sí, ya, pitorréense todo lo que quieran con lo de "Mario Bros.", "Mario Bezares" y demás tarugadas que soporté mientras permitía que la gente tenía conocimiento de esa situación).

Por qué no me gusta ese nombre? Existen muchas razones.

En primer lugar, por el paralelismo ya citado con personajes tristemente célebres que comparten tal apelativo. Otro es por las veces que me han querido comparar, de unos tres años para acá, con mi tocaya, María Daniela (y su Sonido Láser). Diantres, una triste canción que sacó en el radio esa mocosa y me estigmatizó entre mis contemporáneos.

En tercer lugar, no me gusta ese mote desde que supe su origen. Espero que puedan comprenderlo.

Originalmente, mis papás no sabían que yo iba a ser niño; por ende, pensaban que sería niña (no quimera ni engendro hermafrodita). Debido a que mi abuela paterna se llama María y mi abuelo materno se llama Daniel, quisieron hacer su cóctel denominativo llamándome María Daniela (ahí sí sería whole namesake de la intérprete platicadita esa).

Nótese que estamos hablando de una época en la que, si bien ya existía el ultrasonido, éste era rara avis, por lo que la gente prefería seguir adivinando el sexo del futuro vástago por la forma, dimensión, caída y textura de la panza de la preñada madre.

Así, cuando llegué al mundo y mis 'apases notaron que yo era varón, ¿qué hicieron? Aaah, pues solamente masculinizaron el nombre que ya tenían planeado (y lo hicieron mal, porque el femenino de María no es Mario; es Mariano... aunque la cosa habría resultado peor para mí con ese nombrecito).

Cuarta razón fundamental: en la prepa tenía un compañero que también se llamaba Mario. Era estúpido como solamente lo puede ser un pepino de mar con traumatismo cerebral. Una vez unos compañeros estaban planeando una fiesta sorpresa de cumpleaños para otro amigo que andaba en la depre porque su novia lo había cortado y no quería saber nada de la vida. Ah, pues este acéfalo especimen va un día antes del evento y le pregunta: "Oye Abraham, ¿a qué hora va a ser tu fiesta sorpresa?". Y todas sus hazañas eran por el estilo. Día con día superaba su récord de imbecilidad.

Por ello, me parecía sumamente enfadoso que nos compararan como símiles. Porque permítame decirle que, aunado al parecido nominal, ambos éramos de la misma complexión, textura de cabello, además que los dos usábamos lentes. Y por qué no decirlo, de repente me daba por juntarme con él. Debido a esto, pitorreo habitual era que mientras caminábamos juntos, alguien gritara: "¡Mario!", haciendo que ambos volteáramos al unísono, causando la risa idiota de quien lo hacía.

Así que ya lo saben, amiguitos: quienes desee provocar mi profunda y rabiosa ira de forma gratuita, pueden emplear ese terminajo para dirigirse a mí. Veamos cuánto tiempo pueden permanecer con las tripas en su lugar correcto.

Pero bueno, el asunto habría sido incluso peor si mis papás hubieran ejecutado su idea primigenia de llamarme como mi abuelo paterno: Salomé ("oye Salomé, perdónala..."). Brrr, lo pienso y me da repelús.

Ya les dije. Ya saben. Hasta pronto.

2 Comentarios hasta ahora.

  1. Maestro Efectivo says:

    ¡Ajá! ya decía yo que Mario no podía ser el femenino de María... pero no muchos me creen ¬¬

  2. Maestro Efectivo says:

    Ok, me equivoqué. No es femenino sino masculino.